Vacío.
Eso es lo que queda tras una ruptura, da igual que seamos el que abandona o el
abandonado. Paradójicamente, de lo que se llena nuestro corazón es de eso, vacío.
Automáticamente nuestra cabeza se ve sumergida en recuerdos. Recuerdos en forma
de nebulosas etéreas y confusas, casi oníricas, que nos hacen sentir como si
hubiéramos vivido la vida de otra persona a lo largo del último año.
Y
entonces nos embarga la ansiedad y una punzante incertidumbre. Intentamos echar
la vista hacia atrás y acceder a ese recuerdo, a ese momento en el que todo se
torció, buscando agarrarnos a algún instante anterior al caos, como si eso
fuera la llave del olvido. Como si fuera el botón de formateo de nuestra mente,
pero no. Ya es demasiado tarde para que exista un punto de retorno y lo único
que queda por hacer es reflexionar, sanar las heridas e intentar pasar página
lo antes posible.
Y en
un futuro, quién sabe. Hay ocasiones en las que dos vidas se encuentran varias
veces en un mismo camino. A veces tropiezan, se disculpan y continúan caminando
en direcciones opuestas; otras se paran a saludar, toman un par de cafés y vuelven
por donde han venido; y otras,
simplemente, deciden comenzar a recorrerlo juntas.
Quién
sabe.
Por lo
pronto, lo único de lo que tenemos que preocuparnos es de nosotros mismos, o al
menos intentarlo. En algún momento conseguiremos llenar el vacío con algo. Supongo.
