Noctámbulo nº

domingo, 23 de junio de 2013

Horror vacui.

Vacío. Eso es lo que queda tras una ruptura, da igual que seamos el que abandona o el abandonado. Paradójicamente, de lo que se llena nuestro corazón es de eso, vacío. 

Automáticamente nuestra cabeza se ve sumergida en recuerdos. Recuerdos en forma de nebulosas etéreas y confusas, casi oníricas, que nos hacen sentir como si hubiéramos vivido la vida de otra persona a lo largo del último año.  
Y entonces nos embarga la ansiedad y una punzante incertidumbre. Intentamos echar la vista hacia atrás y acceder a ese recuerdo, a ese momento en el que todo se torció, buscando agarrarnos a algún instante anterior al caos, como si eso fuera la llave del olvido. Como si fuera el botón de formateo de nuestra mente, pero no. Ya es demasiado tarde para que exista un punto de retorno y lo único que queda por hacer es reflexionar, sanar las heridas e intentar pasar página lo antes posible.

Y en un futuro, quién sabe. Hay ocasiones en las que dos vidas se encuentran varias veces en un mismo camino. A veces tropiezan, se disculpan y continúan caminando en direcciones opuestas; otras se paran a saludar, toman un par de cafés y vuelven por donde han venido; y otras, simplemente, deciden comenzar a recorrerlo juntas.

Quién sabe.


Por lo pronto, lo único de lo que tenemos que preocuparnos es de nosotros mismos, o al menos intentarlo. En algún momento conseguiremos llenar el vacío con algo. Supongo.






miércoles, 6 de marzo de 2013

La liberación a veces llega en diez minutos.

Sí.

¿Cuál es el eje sobre el que gira mi mundo?
¿Qué es lo que llena mis días, mis horas y mis minutos?

Dudo mucho que estas preguntas se limiten a una sola respuesta, al menos en mi caso. Pero hace un tiempo, cuando mi vida era una acumulación de dudas y de errores y mi cabeza estaba patas arriba, lo único en lo que encontraba un verdadero consuelo era la danza. O la música, en general.

Por circunstancias de la vida, la danza es algo a lo que he tenido que renunciar en un plano profesional y mi camino, desde que comencé a asimilarlo, se ha ido construyendo en otra dirección, distinta, pero bastante paralela: la comunicación.

Supongo que si tuviese que limitarme a contestar esas dos preguntas con una sola respuesta, o con un solo verbo, ese sería "comunicar".


No.

En ocasiones, arrojar la toalla es algo más difícil de lo que parece. Implica echar por tierra todo lo que se ha conseguido hasta el momento y durante años. Implica dejar a un lado algo que siempre te ha hecho feliz, pero que últimamente no hace más que complicarte la vida.
Arrojar la toalla es una decisión difícil de tomar y teniendo en cuenta el significado que la danza tiene en mi vida, esa decisión se hace aún más imposible.

La responsabilidad para con el equipo, los horarios descabellados; quitarte dinero de comidas, salidas o regalos para invertirlo en vestuario, inscripciones o viajes; perder el contacto con gente de tu entorno porque en tu vida no hay tiempo ni para respirar; dejar de lado otras responsabilidades que poco a poco van cayendo en el olvido...
Y todo este sacrificio para que luego el resultado no sea el esperado.

Supongo que la frustración es el motor que desencadena la posibilidad de echar por tierra todo lo que antes se amaba.