Decían, quienes alguna vez se habían adentrado en ella, que
era una tierra salvaje, indomable; que su libertad radicaba de su aislamiento
del resto del mundo y que su corazón llegaba a ser inaccesible durante las
estaciones más largas y gélidas. Que era todo un enigma.
Pero una vez hubo un visitante que consiguió desvelar los
misterios que entrañaba, lo que resultó una ardua tarea. Durante un tiempo,
incluso llegó a aborrecer esa tierra y lo que fuera que le impulsara a
aventurarse en ella, precisamente por las dificultades que se iban
interponiendo a lo largo de su recorrido y que, una y otra vez, le devolvían a
los límites de dicho territorio, echando a perder todo lo conseguido y
haciéndole empezar nuevamente desde cero. Pero gracias a su tozudez y eterna
predisposición, la tierra sin nombre fue mostrándole poco a poco el camino
hacia sus confines, ayudándole a conseguir lo que muy pocos tuvieron la
oportunidad de conocer: el corazón de sus frondosos bosques, cada cueva
escondida en sus interminables cordilleras y cada madriguera escarbada detrás
de cada arbusto. En definitiva, sus lugares más recónditos.
Pudo averiguar, por lo que vio y vivió, que era una tierra
desconocida para muchos, incluso para ella misma; era una tierra libre, pero
aseguraba no conocer la libertad. Descubrió que resultaba inaccesible para
cualquier forastero porque se protegía a sí misma. Era una tierra con miedo a
ser descubierta.
Pero la tierra sin nombre fue descubriéndose ante el visitante
sin apenas darse cuenta, enseñándole todas las maravillas que en ella se
escondían, toda la magia que desprendía cada elemento que formaba parte de
ella, toda la sabiduría que era capaz de transmitir al mundo. Y el visitante
quedó prendado.
Éste le preguntó si toda esa belleza tenía ya un nombre, que
era un pecado que nadie conociera lo maravilloso de su existencia, a lo que la
tierra no supo contestar.
"Tú eres Alaska", le dijo el visitante. Y desde
entonces, durante las estaciones más frías, no volvió a nevar de la misma
manera.
