Estar asustada. Sentirse agotada, enfurecida, amargada...
Rendirse. No sentirse con las ganas ni la inspiración
suficiente, siquiera, para desahogarse escribiendo. Pero aún así se hace,
esperando que cada golpe al teclado libere rápidamente cada gramo de desazón y
angustia que se lleva arrastrando tanto tiempo. Y a medida que se va haciendo,
las palabras y los pensamientos se convierten en una extensión de los dedos,
que comienzan a escribir por sí solos a un ritmo frenético.
Frenesí y letargo, la perfecta descripción de un presente, el mío.
Me muevo frenéticamente mientras mi mente permanece aletargada,
como en un estado de hibernación que parece no acabar nunca. Se nos exige vivir
rápido y es por ello que mi cuerpo me obliga a seguir funcionando, pero mi
mente decidió hace ya un tiempo rebelarse contra lo establecido y desconectar,
bien por confusión, por dolor, por angustia, por presión o por simple pereza,
pero mi alma no puede más, está exhausta. Y por más que me proponga alcanzar un
objetivo, establecer un camino y fijar una meta, ese sentimiento de que algo me
falta no acaba de extinguirse.
Sólo existe una cosa en todo el mundo que me satisface y me hace
sentir que vivo porque sirvo para algo. Pero la realidad, el entorno y las
circunstancias se encargaron de golpearme en la cara. Un golpe seco y frío como
el acero que me recordó que eso no sería suficiente en un futuro. Y ahí es
cuando mi mente huyó de mi cuerpo.
He sufrido así durante meses y podría llegar a hacerlo incluso
años, pero he decidido parar. Lo necesito.
Ahora, ¿me enfrento a la realidad asignada y me resigno, o corro
el riesgo de crear la mía propia?
He llamado a voces a mi mente y sigo esperando una respuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario